Otra vez mirando hacia otro lado

Los medios de comunicación han tardado mucho en informar de la situación en Myanmar (antigua Birmania), pero ahora parece que el drama humanitario que se está produciendo en este país, más exactamente en la frontera con Bangladesh, está levantando interés internacional. Varias ONGs, entre ellas Amnistía Internacional confirman que en apenas dos semanas más de 400.000 personas de la etnia Rohinyá han huido de sus aldeas, llevando sólo lo que pueden llevar a mano. Según observadores, las fuerzas de seguridad entran juntas con cuerpos parapoliciales, disparando al aire y a las personas que huyen con lo que tienen encima. Posteriormente prenden fuego a las aldeas, mientras los habitantes corren hacia el Río Naf, la frontera natural entre Myanmar y su vecino Bangladés. Lo cuenta José Luis Paniagua, corresponsal de EFE.

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Una doctrina inútil

Hace algunas semanas, tres representantes de Naciones Unidas avisaron tras una visita conjunta a la República de Yemen de la situación que el país está atravesando. En un comunicado oficial informaron de las dos amenazas más importantes para la población civil: la erupción del cólera con unas 400.000 personas potencialmente contagiadas y 1.900 muertes hasta la fecha del comunicado, y la hambruna por las consecuencias de la guerra civil. Según el comunicado, 60 por ciento de la población no saben dónde van conseguir su próxima comida y 2.000.000 de niños se encuentran en un estado de aguda malnutrición. Ambos malos conducen a una muerte muy lenta. It’s a slow death, titulaba The New York Times en agosto.

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La paz de Westfalia

Europa ha sido en muchas ocasiones escenario de guerras. Las más recientes -la guerra en el territorio de la antigua Yugoslavia y las dos Guerras Mundiales– han sido sin duda las más cruentas en nuestra historia. Sin embargo, hay otro conflicto que a veces olvidamos porque pertenece al siglo XVII: la Guerra de los Treinta años, que arrasó Europa entre los años 1618 y 1648. Cuando los poderes europeos firmaron finalmente la paz en las dos ciudades de Münster y Osnabrück, no eran conscientes de hasta qué punto cambiarían el escencario internacional. El Tratado de la Paz de Westfalia estableció las bases del sistema internacional tal como lo conocemos ahora.

 

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Lecturas de una resaca política

Ya se sabe. Las grandes fiestas acarrean siempre una resaca fuerte. Esto ha sido el caso de todos aquellos que celebraron el éxito del referéndum del 23 de Junio. La fiesta duró una noche y de entrada al nuevo día empezó la resaca entre los invitados. La misma comenzó también para los defensores de la permanencia del Reino Unido en los dos lados del Canal de la Mancha, pero sin fiesta previa.

Aún es difícil prever qué va a pasar exactamente, pero los sucesos permiten ya algunas lecturas sobre diferentes aspectos.

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La Europa que yo no quiero

Hay momentos en la vida donde te das cuenta que tus ideas y la realidad no sólo no concuerdan, sino que han emprendido diferentes rumbos. Conforme pasa el tiempo se alejan cada vez más. Es algo que está pasando entre mis ideales acerca de la integración europea y la realidad.

Hagamos un poco de memoria. En verano del año pasado, la Troika “concedió” una nueva línea de créditos a Grecia, que estaba al punto de llegar a suspensión de pago. Desde los países socios de la UE y bajo la batuta del Ministro de Finanzas Wolfgang Schäuble y su pareja de hecho, la cancillera Angela Merkel, se impusieron una nueva serie de condiciones cuya severidad ya se ha comentado muchas veces. Lo que quiero resaltar es el tono utilizado en el documento que tuvo que firmar el gobierno griego. También me gustaría recordar que muchos políticos europeos ya no tenían el menor reparo de hablar de un Grexit como posible solución, algo a que tanto el sentido de solidaridad como el sentido común reclaman oponerse.

Un país que ingresó en la Comunidad Económica Europea, sólo tras superar el veto del presidente francés De Gaulle con su política de la silla vacía, fue el Reino Unido. En 1973, cuando el Reino Unido finalmente consiguió su ingreso, el proyecto europeo era muy interesante por la unión aduanera y la perspectiva de formar parte de un mercado común europeo. Desde el gobierno de Margaret Thatcher, la política de tira y afloja ha sido la tónica en las relaciones bilaterales entre Londres y el conjunto de los países miembros, porque como bilaterales es como deberíamos caracterizarlas. El rechazo de la moneda común o el intento por parte del Reino Unido de limitar la vigencia jurídica de la Carta de los Derechos fundamentales de la Unión Europea son algunos de los hitos de esta relación de conveniencia. La penúltima hazaña por parte de los “líderes” europeos fue bajarse el pantalón ante la amenaza del Brexit, exigido tanto por los  extremistas del partido de Cameron como del UKIP (United Kingdom Independence Party). 

Digo la penúltima hazaña, porque los jefes de gobierno de Europa apenas han tenido tiempo para subirse el pantalón y abrochar el cinturón porque, para no jugársela con las voces más populistas dentro de sus partidos y de su electorado, han tardado casi nada en volver al Strip poker europeo para firmar el acuerdo entre la UE y Turquía. Desde las doce de la noche del 20 de marzo, las fronteras externas están cerradas y la devolución de refugiados se facilita con una ayuda de seis mil millones euros.

UE_TURK

El acuerdo entre Europa y Turquía es sólo un paso más en el reciente rumbo que ha tomado Europa con esta nueva generación de políticos que forman parte del Consejo Europeo simplemente por el hecho de ser jefes de gobierno, sin compartir las ideas que tenían en mente los fundadores del proyecto europeo. Para los nuevos el principio de solidaridad vale tan poco como para esa manada de xenófobos que bloquean autobuses, incendian asilos de refugiados y votan a partidos de extrema derecha porque en su estrechas mentes no caben más personas.  Para que no quepa la menor duda: Preferiría hacer un intercambio de esa manada de cabezas huecas con los “habitantes” de los campos de refugiados, para que las personas que huyen de la violencia tuvieran un futuro y de paso volvería el civismo a regiones como Sajonia y Sajonia-Anhalt.  No es de recibo ingresar en un país democrático (1991), formar parte de una organización internacional dos años más tarde (de hecho es supranacional, pero esta es otra historia), disfrutar de todo el apoyo económico y político que traen estos cambios, y pensar que nadie más tiene derecho a estas ventajas. Pero estoy divagando y vuelvo al tema.  

Ahora, con este acuerdo con el líder Erdogan y su visión particular de la democracia, se ha enterrado también uno de los derechos más fundamentales, el derecho al asilo político, por el simple motivo de que los gobiernos de este continente, que obtuvo en 2012 el Premio Nobel de la Paz, no quisieron ponerse de acuerdo sobre el reparto de los refugiados.

Admiro a las personas que, a pesar de todos los contratiempos, se dedican a rescatar y ayudar a las personas que han dejado atrás sus familias, sus casas y sueños entre las ruinas y han emprendido este largo viaje por el deseo de sobrevivir.

Lesbos

Voluntarios en la isla de Lesbos

Me quiero quedar con esta idea humanista de Europa, idea que defienden de forma altruista los miles de integrantes de las ONG e iniciativas civiles en nuestro continente. Las instituciones europeas desde luego no la representan. En este vídeo de Médicos sin Fronteras podemos hacernos una idea de la situación de los refugiados desde el campo de refugiados de Zaatari en Jordania hasta el puesto fronterizo de Croacia. El vídeo fue grabado con una cámara de 360 grados, lo que nos permite explorar más el entorno.