Entre idealismo y realismo II

En el primer artículo sobre este tema vimos que en las relaciones internacionales se reproduce la misma tensión  entre las posturas del idealista y del realista que experimentamos en nuestro entorno personal. Podemos ver las cosas de una forma idealista o más bien realista.

Flag-of-the-United-Nations

En nuestra vida privada esta elección determina nuestra forma de actuar. Si somos idealistas, nos atrevemos a emprender nuevos proyectos. Creemos que, en general, los seres humanos, tenemos algunos ideales que compartimos, aunque estemos en continuo conflicto. Un idealista prefiere reforzar los lazos que tiene en común con las personas de su entorno familiar, laboral o de su vecindario. Si, en cambio, somos realistas, tendemos a fijarnos más en lo que nos diferencia uno del otro. Quizás vemos que algo tenemos en común con nuestros próximos, pero no le damos la misma importancia que un idealista. Al final, ¿qué punto de vista se impone, el idealista o el realista? Si no estamos dispuestos a luchar por unos ideales, nos quedamos atrapados en un estado de continua desconfianza y de alerta, algo que podemos observar fácilmente en nuestro entorno personal. Desde luego, tampoco podemos fiarnos únicamente de lo bueno en las personas, porque tropezaremos enseguida con la realidad. Esta tensión entre el punto de vista idealista y realista se reproduce en el entramado complejo de las relaciones internacionales, porque evidentemente son personas quienes toman las decisiones.

La idea de crear una Organización que reforzara más la cooperación internacional y la prevención de conflictos, responde al deseo idealista de fortalecer lo que tenemos en común. En este sentido, la Organización de Naciones Unidas fue más allá que la extinta Sociedad de Naciones. Tres años después de crear la ONU, la Asamblea General adoptó la Declaración Universal de los Derechos Humanos. La idea fundamental era que todos los humanos somos portadores de unos derechos básicos e inalienables. Respetar estos derechos sería fundamental para garantizar la seguridad y el bienestar de las personas. La Carta de San Francisco garantiza a los pueblos el derecho a su autodeterminación. Muchos países que se independizarían años más tarde durante el proceso de descolonización, reclamaron este derecho para sí mismos.

A diferencia de la antigua Sociedad de Naciones, la Carta de San Francisco proscribe de forma determinante la guerra.  Esta es una de las diferencias más llamativas entre la ONU y la Sociedad de Naciones. Dos guerras mundiales con un saldo mortal de más de cien millones de personas dejaron claro que el único camino para evitar una escalada de conflicto tan cruenta era proscribir la guerra. Pero la proscripción de la guerra es también uno de lo motivos por el que se sigue debatiendo tanto tiempo sobre la legitimidad de un ataque por parte de la comunidad internacional a otro país, como en el caso de Siria. Si los estatutos de la ONU proscriben la guerra y además garantizan la inviolabilidad de las fronteras de un país miembro, es difícil legitimar un ataque. En el pasado se han bloqueado muchas propuestas para resoluciones aludiendo a estos dos principios.

En los años siguientes a la creación de la ONU aparecieron nuevas organizaciones como el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia, o la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, para mencionar sólo las más conocidas. Además, existe la Asamblea General de las Naciones Unidas que actúa como órgano deliberativo a nivel global. El objetivo de crear estas organizaciones era facilitar la cooperación internacional en caso de conflictos y mejorar las condiciones de vida en las zonas más desfavorecidas de nuestro planeta. En general, detrás de la creación de estas organizaciones está la posición idealista pero los resultados de la labor pocas veces alcanza los objetivos idealistas.

Bien, a pesar de la multitud de organizaciones cuyo objetivo es mejorar las condiciones para la gente, nadie diría que las propuestas idealistas hayan salido ganando en el entorno internacional, porque existe el Consejo de Seguridad, que según los estatutos de la ONU es el único órgano con competencia de emitir decisiones vinculantes para todos los Estados miembros. El Consejo de Seguridad está compuesto por cinco miembros permanentes, de los cuales cuatro eran los países que colaboraron en derrocar el régimen nazi: Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia y la antigua Unión Soviética. El quinto miembro permanente es la República Popular China. Cualquier resolución de este órgano puede ser vetada por uno de los cinco miembros permanentes y durante las últimas seis décadas hemos visto poca unanimidad entre ellos. Esta falta de unanimidad se debe a la incipiente Guerra Fría entre Estados Unidos y sus aliados por un lado, y la Unión Soviética y sus respectivos aliados por otro lado. Si en las organizaciones de la ONU los países miembros del Consejo se permitían una postura aparentemente idealista, ninguno de ellos estaba dispuesto a ceder terreno en el único campo de batalla legal, que era precisamente el Consejo de Seguridad.

Tres de los miembros de la conferencia de Potsdam: W. Churchill, H. Truman e I. Stalin

Tres de los miembros de la conferencia de Potsdam: W. Churchill, H. Truman y I. Stalin

Tenemos que tener en cuenta que Stalin vinculó su decisión de firmar la Carta de San Francisco con el derecho de dicho veto, lo que para el Presidente de Estado Unidos, Harry Truman, no supuso ningún problema, porque sabía que este derecho le vendría también muy bien en el futuro.

Vemos aquí como el carácter idealista de la Carta de San Francisco se queda truncado por un órgano cuasi inoperativo. Desde su inicio hasta el final de la Guerra Fría, el Consejo de Seguridad ha sido un campo de batalla entre los dos bloques que se han creado alrededor de las dos potencias Estados Unidos y la Unión Soviética. El “primer mundo”, un bloque de países democráticos, con una economía liberal y captitalista y un “segundo mundo” de países de orientación socialista, de los cuales muchos tenían una economía planificada. Los países líderes de estos dos bloques trataron de ampliar su influencia en los países del “tercer mundo”, que eran en su mayoría los países africanos en proceso de descolonización.

Las cuatro décadas de esta Guerra Fría entre los dos bloques tuvieron sus escenarios en varios lugares del mundo: en Europa, África, América del Sur y en Asia. En otro artículo veremos cómo la Crisis de Cuba cambió la actitud en los líderes de Estados Unidos y la Unión Soviética, porque se dieron cuenta de que no podían seguir con su curso de confrontación. En un escenario como el de la Guerra Fría y el dominio político y militar de Estados Unidos posterior a la disolución de la Unión Soviética, ¿queda espacio para una postura idealista?

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